I
En Sonora Dios se tomó unos días en los que creció y cuidó un Jardín,
dueño de esa energía cósmica y buena salud como el cultivador,
ni aun la sombra del cultivador, desconoce que llega al alcance de los
brotes más extremos de los que se atreven; como el boojum tree,
la biznaga de agua, idéntica a su familia, rodeada de espinas,
y el agave lechuguilla, que florece sólo una vez en la vida;
que en el transcurso de su vía ascendente, vida,
como es de costumbre, además, terrena y horizontal, vía fija
y profundamente enraizada por sobre todas las cosas, sostenida
ya sea en la piedra caliza, ya sea en la tierra más fértil,
o suelta entre los granos de arena del Desierto de Sonora, que,
además, y yéndonos por las ramas, tanto las piedras como las tierras
se mueven, por no asegurar que es en todo momento imperceptible,
o muy perceptiblemente que se mueven, como el tránsito,
como las temperaturas y las corrientes del río,
como los dedos de una mano que encuentran el apuntalamiento cálido,
el agua, y el gramo de atención permanente y simplemente superior
a la suficiente, como todo buen cultivador sabe.
Luego Dios se hubo largado de allí.
Un indígena,
un hombre perteneciente al pueblo Tolteca, vivió vidas enteras en la sobra
que expresaba la piedra y el alga en el Jardín de Dios cultivado en el
Desierto de Sonora.
Cuando por fin regresó a su pueblo traía consigo el semen, la sola hoja
de esa florería, el calor vivo en un renacuajo del sol, la burbuja,
la baba de un azúcar invisible, un fragmento de la poesía
de los días en que Dios se tomó en el jardín de Sonora.